29 de diciembre de 2010

Al tiempo, la luna y sus cráteres comenzaron a reflejarse en el mar, lanzando un prisma de luz al otro lado del agua oscureciéndola despacio, compartiéndose a sí misma en miles de lugares diferentes al mismo tiempo, cada uno más hermoso que el último. Exactamente en ese mismo momento, el sol estaba entrando al horizonte en dirección opuesta, tornando el cielo de rojo, de naranja y amarillo, como si el cielo más arriba hubiera abierto sus puertas y dejado toda su belleza librarse de sus confines sagrados. El océano cambió de oro a plata tal como cambiaron los colores que se reflejaron en él, las aguas se ondulaban y brillaban con la luz cambiando, una visión gloriosa, casi de la misma forma que el origen del tiempo. El sol continuó bajando, lanzando un brillo tan lejano hasta donde los ojos podían ver, antes de partir definitivamente, despacio, desapareciendo debajo de las olas. La luna continuó acomodándose lento hacia arriba, mostrando miles de diferentes tonalidades, cada una más clara que la última, antes de dejar ver las estrellas definitivamente.
Jamie miró todo eso en silencio, con mi brazo alrededor de ella, su respiración poco profunda y débil. Cuando el cielo se estaba convirtiendo en negro y el primer montón de luces empezaron a salir en el cielo del sur, la llevé en mis brazos. Besé sus mejillas y luego, por fin, sus labios suavemente.
"Eso", dije, "es exactamente lo que siento por ti".

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